lunes, 8 de diciembre de 2014


Mi Cinema Paradiso, autobiografía


Durante cierto tiempo creí que la gente que nace en un año extraordinario, estaba destinada a ser extraordinaria. Por esta razón comencé a indagar sobre lo sucedido en 1987, año en el que nací. Descubrí que durante este periodo no ocurrió  nada históricamente relevante: no hubo juegos olímpicos; mundial de fútbol; no se derrocaron dictaduras; no estallaron movimientos estudiantiles, ni se promulgaron derechos fundamentales del ser humano. Pero en ese mismo año murió Andy Warhol; The smiths introdujeron su disco Strangeways, here we come;  the cure  el álbum  Kiss me, kiss me, kiss me;  U2 se hizo célebre con The Joshua Tree, sin olvidar el film de Kubrick Full Metal Jacket dado a conocer para la fecha. Así asenté que, tal como  el año en  que nací, mi “yo” era especialmente raro.
Considero que existen maneras de lograr que lo ordinario pueda ser mágico, incomparable, en otras palabras extraordinario. Desde pequeña fui detrás ello: creía ver más allá de lo evidente -como los thundercats-. Casi todo me resultaba conocido, pero a la vez me intrigaba. Era y creo que aún soy: la niña latosa. En ese ir y venir de exploraciones exhaustivas, en busca de formas de diversión, sucedió lo impensable: mi mundo –ya  extrañamente formado por caricaturas, superhéroes, princesas y mitos griegos que solía contarme mi hermano mayor-  se cimbró. Recuerdo haberme detenido frente al televisor  y quedar profundamente  conmovida por un niño que jugaba con un avión –en mi memoria,  el avión era de plata-, continué viendo la película hasta que, en una escena, comencé a llorar. En ese momento me enamoré de algo: me enamoré del cine. Después de aquel día seguí buscando esa sensación en cada película que conocía; cada vez que me llevaban al cine; cuando encendía la televisión, o rentábamos un VHS. En ocasiones las tramas me emocionaban, pero ninguna como la del niño con el avión de plata (mucho tiempo después supe que ese film se llamaba The empire of the sun y el avión no era de plata). Puedo aseverar que el cine moldeó mi manera de percibir y experimentar la realidad.
 Cuando recuerdo mi infancia me cuesta hablar cronológicamente –siento que la viví desparpajada-, y el orden que alcanzo a darle se remite a lo significativo. Para ese periodo aparecieron nuevos referentes George Lucas, Scorsese, Tim Burton, Eastwood  y Coppola; sus estéticas y narrativas me cautivaron –aún me cautivan-. Fue entonces cuando decidí atarme a las artes, de la manera que fuese. Y mi preparatoria fue el laboratorio donde experimenté con diferentes expresiones: primero fui Jackson Pollok –pero me faltaba talento-, luego me propuse ser  Joni Mitchell –pero no tenía su voz-, también quise ser Diane Keaton, cuando probé con el teatro, porque además en este  período descubrí  a Woody Allen, sus películas me llevaron a la psicología –la imagen del psicoanalista era seductora-. Presumo que el cine ya no era sólo un mundo al estilo Tim Burton, Tarantino o George Lucas. El cine capturaba lo real y lo imaginario, y… ¿si alguien me diese a elegir entre la ficción y lo real? Me quedo con lo extraordinario.   
Y así, poco a poco el cine se convirtió en un guión biográfico;  creó una atmósfera fantástica alrededor de mi niñez: las conversaciones conmigo misma que simulaban un dialogo con villanos que pretendían destruir la tierra;  las naves espaciales estacionadas en el corredor de la casa, y  peleas con la escoba, son  parte fundamental de mis memorias.  Rebobino en el tiempo y recuerdo que en casa era común que mi hermano sintonizara la lucha libre, y que esto fomentara en él una gran afición por los luchadores. No se perdía ninguna película de El Santo, Blue Demon y compañía. Fue entonces que mis dudas sobre el futuro, la ciencia y los seres de otro planeta comenzaron a surgir  (deduzco que era porque mi tío estaba igual de gordo que Santo). La trama de estos films no era sólo sobre  luchas inter-espaciales: los héroes de la ciencia ficción mexicana no se alejaban mucho de Batman o Superman, pero las circunstancias los diferenciaban. Eran humanos que luchaban contra villanos de hojalata, robots que semejaban figuras geométricas montadas una sobre otra, y lo verdaderamente impresionante: estos  seres maléficos sí podrían haber existido. 

Mi decisión de escribir sobre cine, sobre un género específico y combinado con las formas culturales de México, es una manera de recuperar mi imaginación; de recorrer un camino no tan transitado. Por tanto, asevero que Spielberg fue para mí como las zapatillas rubí de Dorothy, y el cine es el camino amarillo que prometió –y todavía promete-  llevarme a la ciudad Esmeralda. Como resulta evidente, no soy una persona de razones estructurales. Más bien soy de momentos creativos, de respirar profundo, pero sobre todo, determinada. Si me pidiesen describirme, supongo que diría: soy una mezcla entre los monstruos de las películas de Santo, Yoda, Gertie en E.T, Woody Allen, el niño del avión de plata, Dumbo, Marty Mcfly, un cuento de Chejov, Michael Corleone y los soundtracks de Tarantino.