Mi Cinema Paradiso, autobiografía
Durante cierto tiempo creí que la gente que nace en
un año extraordinario, estaba destinada a ser extraordinaria. Por esta razón
comencé a indagar sobre lo sucedido en 1987, año en el que nací. Descubrí que
durante este periodo no ocurrió nada
históricamente relevante: no hubo juegos olímpicos; mundial de fútbol; no se
derrocaron dictaduras; no estallaron movimientos estudiantiles, ni se
promulgaron derechos fundamentales del ser humano. Pero en ese mismo año murió
Andy Warhol; The
smiths introdujeron su disco Strangeways,
here we come; the cure el álbum
Kiss me, kiss me, kiss me;
U2 se hizo célebre con The Joshua Tree, sin olvidar el film de Kubrick Full Metal Jacket dado a conocer para la fecha. Así asenté que, tal
como el año en que nací, mi “yo” era especialmente raro.
Considero
que existen maneras de lograr que lo ordinario pueda ser mágico, incomparable,
en otras palabras extraordinario. Desde pequeña fui detrás ello: creía ver más
allá de lo evidente -como los thundercats-. Casi todo me resultaba
conocido, pero a la vez me intrigaba. Era y creo que aún soy: la niña latosa.
En ese ir y venir de exploraciones exhaustivas, en busca de formas de diversión,
sucedió lo impensable: mi mundo –ya extrañamente formado por caricaturas, superhéroes,
princesas y mitos griegos que solía contarme mi hermano mayor- se cimbró. Recuerdo haberme detenido frente al
televisor y quedar profundamente conmovida por un niño que jugaba con un avión
–en mi memoria, el avión era de plata-,
continué viendo la película hasta que, en una escena, comencé a llorar. En ese
momento me enamoré de algo: me enamoré del cine. Después de aquel día seguí
buscando esa sensación en cada película que conocía; cada vez que me llevaban
al cine; cuando encendía la televisión, o rentábamos un VHS. En ocasiones las
tramas me emocionaban, pero ninguna como la del niño con el avión de plata
(mucho tiempo después supe que ese film se llamaba The empire of the sun y
el avión no era de plata). Puedo aseverar que el cine moldeó mi manera de
percibir y experimentar la realidad.
Cuando recuerdo mi infancia me cuesta hablar
cronológicamente –siento que la viví desparpajada-, y el orden que alcanzo a
darle se remite a lo significativo. Para ese periodo aparecieron
nuevos referentes George Lucas, Scorsese, Tim Burton, Eastwood y Coppola; sus estéticas y narrativas me
cautivaron –aún me cautivan-. Fue entonces cuando decidí atarme a las artes, de
la manera que fuese. Y mi preparatoria fue el laboratorio donde experimenté con
diferentes expresiones: primero fui Jackson Pollok –pero me faltaba talento-,
luego me propuse ser Joni Mitchell –pero
no tenía su voz-, también quise ser Diane Keaton, cuando
probé con el teatro, porque además en este
período descubrí a Woody Allen,
sus películas me llevaron a la psicología –la imagen del psicoanalista era
seductora-. Presumo que el cine ya no era sólo un mundo al estilo Tim Burton,
Tarantino o George Lucas. El cine capturaba lo real y lo imaginario, y… ¿si
alguien me diese a elegir entre la ficción y lo real? Me quedo con lo
extraordinario.
Y así, poco a poco el cine se convirtió
en un guión biográfico; creó una
atmósfera fantástica alrededor de mi niñez: las conversaciones conmigo misma
que simulaban un dialogo con villanos que pretendían destruir la tierra; las naves espaciales estacionadas en el
corredor de la casa, y peleas con la
escoba, son parte fundamental de mis
memorias. Rebobino en el tiempo y
recuerdo que en casa era común que mi hermano sintonizara la lucha libre, y que
esto fomentara en él una gran afición por los luchadores. No se perdía ninguna
película de El Santo, Blue Demon y compañía. Fue entonces que mis dudas sobre
el futuro, la ciencia y los seres de otro planeta comenzaron a surgir (deduzco que era porque mi tío estaba igual
de gordo que Santo). La trama de estos films no era sólo sobre luchas inter-espaciales: los héroes de la
ciencia ficción mexicana no se alejaban mucho de Batman o Superman, pero las circunstancias
los diferenciaban. Eran humanos que luchaban contra villanos de hojalata,
robots que semejaban figuras geométricas montadas una sobre otra, y lo
verdaderamente impresionante: estos
seres maléficos sí podrían haber existido.
Mi decisión de escribir sobre
cine, sobre un género específico y combinado con las formas culturales de
México, es una manera de recuperar mi imaginación; de recorrer un camino no tan
transitado. Por tanto, asevero que Spielberg fue para mí como las zapatillas
rubí de Dorothy, y el cine es el camino amarillo que prometió –y todavía
promete- llevarme a la ciudad Esmeralda.
Como resulta evidente, no soy una persona de razones estructurales. Más bien
soy de momentos creativos, de respirar profundo, pero sobre todo, determinada.
Si me pidiesen describirme, supongo que diría: soy una mezcla entre los
monstruos de las películas de Santo, Yoda, Gertie en E.T, Woody Allen, el niño
del avión de plata, Dumbo, Marty Mcfly, un cuento de Chejov, Michael Corleone y
los soundtracks de Tarantino.